Melero Los Melero eran nuestros vecinos amigos. El abuelo se solía sentar en nuestro banco a la caricia del sol del invierno con un libro de vaqueros. Jesús, su nieto, y yo jugábamos en su casa. Había otros vecinos. Niñas y niños. La única que tenía esa proximidad era yo. Su madre, Alejandra, decía que para ella era una hija. Delante de la entrada de su casa transcurría la acequia con una higuera a la que me subía. Entrábamos y por la derecha, tras atravesar un espacio diáfano, donde se guardaban apeos y otras cosas, accedíamos a la zona de gallinas y conejos en conejeras. A la izquierda la cocina. Delante al huerto con frutales y tras una pequeña puerta al Isuela, nuestro río. El niño era menor que yo. Hace mucho que no sé de él. Nos encontramos una vez. Muy alto y delgado. Empiezo a leer a William Faulkner y me transporto a ese mundo que viví. Añadiré que en ese espacio diáfano, paralelo a los tres dormitorios seguidos uno de otro hasta la cocina, abrieron alguna vez un ba...
De rodillas Me arrodillaba en la iglesia. La última vez, en el entierro de mi padre. Creo. Igual ya no. Me arrodillaba para fregar el suelo y las escaleras, antes de las fregonas. Mamá pasó por dos operaciones. Una de soltera y la otra siendo yo una niña ya crecida. Dadas sus circunstancias no podía arrodillarse para eso. Se solucionó con un palo que terminaba en una madera gruesa pulida, donde poníamos la bayeta escurrida. Eran los sesenta. Mamá iba a misa los domingos. Allí seguramente seguiría el ritual. Posteriormente dejó de ir y la siguió en la televisión. Hay otra actividad que no cito. Se puede pensar.
Cruceristas. Cruceros Aquí, en Vigo, muchas veces nos encontramos con personas que denominamos cruceristas. Dicen los taxistas que los contratan por un día, para que les lleven de un sitio a otro. Por ejemplo, al Castro, a Samil, a Ballona,… Dicen ellos, y los que regentan bares y restaurantes del centro, que dejan muy buenas propinas, y que los hay que se llevan la bandejita o plato de la nota o tíquet del consumo. Estuvimos cinco años alquiladlas en un piso con amplias vistas de la ría. Allí veíamos esas moles que surcan océanos y mares. No me atrae nada embarcarme en ese supuesto placer del hay quien hace alarde. Leyendo a Wallace, concuerdo con él en la visión que da en su libro Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. De mi experiencia turística puedo señalar que podría comparar una y otra experiencia, cuando en viaje organizado me he sentido fuera de lugar, observando una realidad amagada tras una pantalla de idealidad.
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