Melero Los Melero eran nuestros vecinos amigos. El abuelo se solía sentar en nuestro banco a la caricia del sol del invierno con un libro de vaqueros. Jesús, su nieto, y yo jugábamos en su casa. Había otros vecinos. Niñas y niños. La única que tenía esa proximidad era yo. Su madre, Alejandra, decía que para ella era una hija. Delante de la entrada de su casa transcurría la acequia con una higuera a la que me subía. Entrábamos y por la derecha, tras atravesar un espacio diáfano, donde se guardaban apeos y otras cosas, accedíamos a la zona de gallinas y conejos en conejeras. A la izquierda la cocina. Delante al huerto con frutales y tras una pequeña puerta al Isuela, nuestro río. El niño era menor que yo. Hace mucho que no sé de él. Nos encontramos una vez. Muy alto y delgado. Empiezo a leer a William Faulkner y me transporto a ese mundo que viví. Añadiré que en ese espacio diáfano, paralelo a los tres dormitorios seguidos uno de otro hasta la cocina, abrieron alguna vez un ba...
Casas Nací a la orilla del Isuela. Mi madre, desde la ventana de la sala de parturientas veía a mi hermano. Viví en ese barrio de suelo de áridos veranos, barros y nieves. Las lluvias tomaban rumbo hacia abajo, desde lo alto de la ciudad. Esa casa, que fue mi hogar era refugio. Hoy la miro desde la perspectiva actual y no viviría en ese lugar. La casa de mi familia paterna era de adobe. Se vendió junto con las tierras. Mi padre fue generoso, pues mi abuelo no tenía esa potestad. Tengo un remoto recuerdo de ella. La de la familia de mi madre mantiene recuerdos que puedo evocar. En la calle el Sol. En Tardienta. Mañana San Roque. La fiesta pequeña que empezó ayer. En Fañanás Bureta, y en Tardienta Santa Quiteria. En mi vida el pueblo era ese lugar familiar. Hoy no me vería allá. Elegí la ciudad. Con sus virtudes y defectos. Hubo un momento en que mi padre quiso enraizar en sus orígenes. Primero compró una era. Adecuó tomas de agua y luz. Acabó vendiendo. Llegó a co...
De rodillas Me arrodillaba en la iglesia. La última vez, en el entierro de mi padre. Creo. Igual ya no. Me arrodillaba para fregar el suelo y las escaleras, antes de las fregonas. Mamá pasó por dos operaciones. Una de soltera y la otra siendo yo una niña ya crecida. Dadas sus circunstancias no podía arrodillarse para eso. Se solucionó con un palo que terminaba en una madera gruesa pulida, donde poníamos la bayeta escurrida. Eran los sesenta. Mamá iba a misa los domingos. Allí seguramente seguiría el ritual. Posteriormente dejó de ir y la siguió en la televisión. Hay otra actividad que no cito. Se puede pensar.
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